«Sintra» (Turia nº 91, octubre de 2009, pág. 145)
.
Sintra
Aquel hombre llamado Pedro sale
conmigo a la terraza: allí el castillo
invita a la armonía.
Ha llegado por la mañana
a visitar mi sueño abuhardillado,
el colchón en el suelo, mi chaqueta
en el suelo, tarima que acarician
sus pies descalzos. Aquel hombre
llamado Pedro llega de Lisboa
en tren, el mismo renqueante, sucio,
lánguido tren que olvidan nuestras manos
—juntas fundan un sueño sin presente.
He abierto la puerta con confianza
al hombre que quería verme, Pedro,
sería un buen testigo de que el sueño
que soñé en Sintra tuvo cuarto, puerta,
terraza y una ventana abierta al cielo.
Al cabo todo resultó tangible,
y el agua lo deshizo lentamente
en los recuerdos renqueantes, sucios,
lánguidos del país que fue real.
Todo, la lluvia y las caricias
y el amargor que en nuestras bocas
culminaba el placer, todo mortal
salvo el hombre llamado Pedro
que ignoro desde dónde llega,
de qué me conocía, cuándo
nació aquella confianza
con la que abrí la puerta de la casa
a quien al irse dejaría
muertas sus ataduras con la realidad.
Sintra
Aquel hombre llamado Pedro sale
conmigo a la terraza: allí el castillo
invita a la armonía.
Ha llegado por la mañana
a visitar mi sueño abuhardillado,
el colchón en el suelo, mi chaqueta
en el suelo, tarima que acarician
sus pies descalzos. Aquel hombre
llamado Pedro llega de Lisboa
en tren, el mismo renqueante, sucio,
lánguido tren que olvidan nuestras manos
—juntas fundan un sueño sin presente.
He abierto la puerta con confianza
al hombre que quería verme, Pedro,
sería un buen testigo de que el sueño
que soñé en Sintra tuvo cuarto, puerta,
terraza y una ventana abierta al cielo.
Al cabo todo resultó tangible,
y el agua lo deshizo lentamente
en los recuerdos renqueantes, sucios,
lánguidos del país que fue real.
Todo, la lluvia y las caricias
y el amargor que en nuestras bocas
culminaba el placer, todo mortal
salvo el hombre llamado Pedro
que ignoro desde dónde llega,
de qué me conocía, cuándo
nació aquella confianza
con la que abrí la puerta de la casa
a quien al irse dejaría
muertas sus ataduras con la realidad.
El silencio de la vieja iglesia
En el balcón sus cuerpos sin camisa
brillan como jarrones chinos, jóvenes
en noche de sábado, en verano,
sin saber dónde ir, sin saber cómo
vencer al tiempo. Danzan ilegibles
por el piso de los padres ausentes.
Sólo la artesanía de la hierba,
los dedos laboriosos en la palma,
les detiene un instante, luego fuman
en círculo y de nuevo lanzan tacos
bajo la luz de un farolillo rústico.
Llevan el pelo corto y se adivinan
las horas de gimnasio en vientre y hombros.
Sólo a veces con ellos hay alguna
chica, que no interrumpe la deriva.
Una noche un muchacho la descubre
tras su escondite de cortina y sombra,
al otro lado de la calle, y encara
sus ojos recatados, tan humildes
como el silencio de la vieja iglesia
donde se arrodillaba cada tarde
para pedirle a Dios un buen marido.
«Eh, tú, ven a follar aquí conmigo»,
oye, detrás de los visillos, trémula,
azorada, dolida, opaca. Muerta.
En el balcón los cuerpos sin camisa
empujan el verano hacia otro mundo.
En el balcón sus cuerpos sin camisa
brillan como jarrones chinos, jóvenes
en noche de sábado, en verano,
sin saber dónde ir, sin saber cómo
vencer al tiempo. Danzan ilegibles
por el piso de los padres ausentes.
Sólo la artesanía de la hierba,
los dedos laboriosos en la palma,
les detiene un instante, luego fuman
en círculo y de nuevo lanzan tacos
bajo la luz de un farolillo rústico.
Llevan el pelo corto y se adivinan
las horas de gimnasio en vientre y hombros.
Sólo a veces con ellos hay alguna
chica, que no interrumpe la deriva.
Una noche un muchacho la descubre
tras su escondite de cortina y sombra,
al otro lado de la calle, y encara
sus ojos recatados, tan humildes
como el silencio de la vieja iglesia
donde se arrodillaba cada tarde
para pedirle a Dios un buen marido.
«Eh, tú, ven a follar aquí conmigo»,
oye, detrás de los visillos, trémula,
azorada, dolida, opaca. Muerta.
En el balcón los cuerpos sin camisa
empujan el verano hacia otro mundo.
Presentación de «Barcelona 08009»
Cómo se aburriría entre nosotros
Rimbaud. Sin su melena, su pipa,
sin un talud al borde del camino
donde echarse a dormir, nos saludamos.
Oficia el viejo sacerdote, ateo
por desmemoria, de la poesía.
Café del Centro, calle de Girona
sesenta y nueve. Junio ensucia y afea.
¿Qué nos haría hermanos de Rimbaud?
Envejecemos muy despacio, en calma.
Nadie nos amenaza en el asilo
de malos editores y ninguna
reseña. Pero nos queremos mucho,
porque, muerto Rimbaud, no queda vida.
Presentation of Barcelona 08009
Rimbaud would be so bored among us.
Without his mane, his pipe,
without anywhere to sleep
along the side of the road, we greet.
Our celebrante, the old high priest of poetry,
an atheist by virtue of forgetting.
Café del Centro, Girona Steet
sixty-nine. June looking dirty and ugly.
What could make us brothers of Rimbaud?
We age slowly, calmly.
No one threatens us in our asylum
of bad editors and no reviews.
But we love one another a lot,
because, with Rimbaud dead, there's no life.
Cómo se aburriría entre nosotros
Rimbaud. Sin su melena, su pipa,
sin un talud al borde del camino
donde echarse a dormir, nos saludamos.
Oficia el viejo sacerdote, ateo
por desmemoria, de la poesía.
Café del Centro, calle de Girona
sesenta y nueve. Junio ensucia y afea.
¿Qué nos haría hermanos de Rimbaud?
Envejecemos muy despacio, en calma.
Nadie nos amenaza en el asilo
de malos editores y ninguna
reseña. Pero nos queremos mucho,
porque, muerto Rimbaud, no queda vida.
Presentation of Barcelona 08009
Rimbaud would be so bored among us.
Without his mane, his pipe,
without anywhere to sleep
along the side of the road, we greet.
Our celebrante, the old high priest of poetry,
an atheist by virtue of forgetting.
Café del Centro, Girona Steet
sixty-nine. June looking dirty and ugly.
What could make us brothers of Rimbaud?
We age slowly, calmly.
No one threatens us in our asylum
of bad editors and no reviews.
But we love one another a lot,
because, with Rimbaud dead, there's no life.
Versión de Mark C. Aldrich
Sirena 2006:2. Dickinson Collage. Carlisle PE
De quien muere sin elegía
Te habré mirado, torpe desperdicio
canino en la cuneta, muerte acaso
también como la nuestra, sin quererlo,
con la ciega visión de quien conduce.
Con los altivos ojos de quien piensa
habré hablado, porque hablar distingue
del que ladra, a la amiga que ha visto
la misma sangre, vísceras y broza.
¿Qué tontería habré contado luego
para endulzar algo la imagen ingrata?
La carretera, sin embargo, sigue.
Suena la radio. Alguien nos adelanta.
En el hostal donde almorzamos nada
queda del perro. Ni de quien lo vio.
Te habré mirado, torpe desperdicio
canino en la cuneta, muerte acaso
también como la nuestra, sin quererlo,
con la ciega visión de quien conduce.
Con los altivos ojos de quien piensa
habré hablado, porque hablar distingue
del que ladra, a la amiga que ha visto
la misma sangre, vísceras y broza.
¿Qué tontería habré contado luego
para endulzar algo la imagen ingrata?
La carretera, sin embargo, sigue.
Suena la radio. Alguien nos adelanta.
En el hostal donde almorzamos nada
queda del perro. Ni de quien lo vio.
Túneis / 1
Há quem lhe chame o túnel. Corredor
que vai desde a rua até ao mercado.
Quanda baixa a grade frente às entradas
o vigilante, fecha a luz, letreiros,
já ninguém se aventura pelas sombras.
Do passeio vêem mover-se as brasas
dos cigarros, ao ritmo das mãos,
ouvem risos de longe se nos rimos.
Cheira a urinas, está frio. Um dia
seus lábios encheram-no de carícias.
Pelas manhãs abre um homem do talho
que à tarde deixa diante do vidro
uma fila de ganchos. Muitas vezes
vejo pendurado aí o nada.
Há quem lhe chame o túnel. Corredor
que vai desde a rua até ao mercado.
Quanda baixa a grade frente às entradas
o vigilante, fecha a luz, letreiros,
já ninguém se aventura pelas sombras.
Do passeio vêem mover-se as brasas
dos cigarros, ao ritmo das mãos,
ouvem risos de longe se nos rimos.
Cheira a urinas, está frio. Um dia
seus lábios encheram-no de carícias.
Pelas manhãs abre um homem do talho
que à tarde deixa diante do vidro
uma fila de ganchos. Muitas vezes
vejo pendurado aí o nada.
Túneis / 9
Um dia eu ouvirei falar na rádio
do amor, ao limpar os corredores
e gabinetes do grande edifício
da Esperança. Soará a voz
no carro, entre panos, sabões, baldes,
a voz que fala a todos do amor.
Enquanto aspiro a alcatifa, esfrego
retretes, erguer-se-ão as palavras
com seu pequeno túnel de verdades,
com aquelas cócegas miudinhas
da felicidade. E ao sair
vou para a rua como quem um dia
sai da maternidade e nos seus braços
leva um vazio, embala um vazio.
Um dia eu ouvirei falar na rádio
do amor, ao limpar os corredores
e gabinetes do grande edifício
da Esperança. Soará a voz
no carro, entre panos, sabões, baldes,
a voz que fala a todos do amor.
Enquanto aspiro a alcatifa, esfrego
retretes, erguer-se-ão as palavras
com seu pequeno túnel de verdades,
com aquelas cócegas miudinhas
da felicidade. E ao sair
vou para a rua como quem um dia
sai da maternidade e nos seus braços
leva um vazio, embala um vazio.
Túneis / 10
Armários sem roupa
gavetas vazias
a cor das cobertas
ida e os lençóis
negros de humidade
lâmpadas fundidas
em fio tapetes
aparelhos mortos
e vidros partidos.
A vida em tal tútel
o segundo esquerdo
número vinte e quatro
sem ti uma chaga
sem ti era o nada.
Armários sem roupa
gavetas vazias
a cor das cobertas
ida e os lençóis
negros de humidade
lâmpadas fundidas
em fio tapetes
aparelhos mortos
e vidros partidos.
A vida em tal tútel
o segundo esquerdo
número vinte e quatro
sem ti uma chaga
sem ti era o nada.
Motivos / 5
Detrás del presbiterio, bajo
un arco de medio punto,
desciende una escalera estrecha,
húmeda y hosca hacia la cripta.
Sobre seis columnas deformes,
tan pesada como la noche,
prieta, la bóveda descansa
envuelta en ásperos sillares.
Un único tirabuzón
de luz zaranda un ventanuco,
dibuja sombras en las sombras.
Una hornacina entre silencios.
La cripta es una burbuja
en el gorgor del universo.
Detrás del presbiterio, bajo
un arco de medio punto,
desciende una escalera estrecha,
húmeda y hosca hacia la cripta.
Sobre seis columnas deformes,
tan pesada como la noche,
prieta, la bóveda descansa
envuelta en ásperos sillares.
Un único tirabuzón
de luz zaranda un ventanuco,
dibuja sombras en las sombras.
Una hornacina entre silencios.
La cripta es una burbuja
en el gorgor del universo.
Pintura / 1
La muchacha de ojos claros busca
encender el candil frente a las sombras.
Presiente ya el desorden de la noche
en la pereza de la luz gastada.
Toma la vela con la mano izquierda
y dirige la llama hacia la mecha.
Un arco con arenas parpadea
y destierra lo oscuro a los rincones.
Recupera la aguja, su dedal
y los trapos que arrumba en el regazo
para zurcir los antiguos remiendos.
El canto de los pájaros se ahoga
tras la ventana abierta hacia el verano.
Aunque llegara, no hablaría el tiempo.
La muchacha de ojos claros busca
encender el candil frente a las sombras.
Presiente ya el desorden de la noche
en la pereza de la luz gastada.
Toma la vela con la mano izquierda
y dirige la llama hacia la mecha.
Un arco con arenas parpadea
y destierra lo oscuro a los rincones.
Recupera la aguja, su dedal
y los trapos que arrumba en el regazo
para zurcir los antiguos remiendos.
El canto de los pájaros se ahoga
tras la ventana abierta hacia el verano.
Aunque llegara, no hablaría el tiempo.
Ciudades / 1
Nada descubro en Burgos esta tarde
que me recuerde a mí, que vierta sangre
de la sangre que nutre mi memoria.
Bajo los soportales he mirado grúas,
la caseta metálica
donde se cambian los obreros,
el color húmedo de los terrones
de arcilla, el muro de cemento
hendido en las entrañas de la plaza.
Es tan trivial la tarde en Burgos,
tan ajena a los ojos que soñaron
un día con su nombre como el nombre
del edén: esa luz donde se mira
la tersura de lo que no existe.
Ante el escaparate de un comercio
he visto mi reflejo:
las mangas le comían las manos
y en los hombros
la pana se estiraba con ciertas estrecheces,
le aprietan los zapatos de Dios sabe qué boda,
aunque le esté ahogando el botón en el cuello
considera lo propio de ir a la ciudad
mantenerlo abrochado.
.....................................Sólo ha sido un instante,
luego ha vuelto el bochorno de septiembre
perlado en el sudor de los obreros.
Nada descubro en Burgos esta tarde
que me recuerde a mí, que vierta sangre
de la sangre que nutre mi memoria.
Bajo los soportales he mirado grúas,
la caseta metálica
donde se cambian los obreros,
el color húmedo de los terrones
de arcilla, el muro de cemento
hendido en las entrañas de la plaza.
Es tan trivial la tarde en Burgos,
tan ajena a los ojos que soñaron
un día con su nombre como el nombre
del edén: esa luz donde se mira
la tersura de lo que no existe.
Ante el escaparate de un comercio
he visto mi reflejo:
las mangas le comían las manos
y en los hombros
la pana se estiraba con ciertas estrecheces,
le aprietan los zapatos de Dios sabe qué boda,
aunque le esté ahogando el botón en el cuello
considera lo propio de ir a la ciudad
mantenerlo abrochado.
.....................................Sólo ha sido un instante,
luego ha vuelto el bochorno de septiembre
perlado en el sudor de los obreros.
Canción del río Hudson
El río es la ciudad.
...............................Digiere la inmundicia
lenta de los desagües y devora los humos
que se restriegan por su lomo en las madrugadas
de mercurio.
.....................Barcazas con bidones
apilados y oscuros desbaratan
el trazo de las luces sobre el cauce.
Barcazas con enormes cubos
de desperdicios surcan las imágenes
de los enormes cubos del desorden.
Barcazas con las luces encendidas
y turistas borrachos, paquebotes
que dejan un sabor a gasoil en el aire,
lanchas y urcas con focos que disparan
su brillo a la madera calcinada
del agua.
............Todo lo digiere, prieto
como la noche; todo lo dibuja
en su pizarra.
............Y si algo estorba
o deshace el idilio que desde la avenida
miran ensimismados los amantes,
se besan, y ya nadie mira el río.
El río es la ciudad.
El río es la ciudad.
...............................Digiere la inmundicia
lenta de los desagües y devora los humos
que se restriegan por su lomo en las madrugadas
de mercurio.
.....................Barcazas con bidones
apilados y oscuros desbaratan
el trazo de las luces sobre el cauce.
Barcazas con enormes cubos
de desperdicios surcan las imágenes
de los enormes cubos del desorden.
Barcazas con las luces encendidas
y turistas borrachos, paquebotes
que dejan un sabor a gasoil en el aire,
lanchas y urcas con focos que disparan
su brillo a la madera calcinada
del agua.
............Todo lo digiere, prieto
como la noche; todo lo dibuja
en su pizarra.
............Y si algo estorba
o deshace el idilio que desde la avenida
miran ensimismados los amantes,
se besan, y ya nadie mira el río.
El río es la ciudad.
Balada de Coney Island
Cuando cae la tarde
y los bañistas abandonan
el lugar tras un sábado de playa,
vestidos sólo a medias y la toalla al hombro,
las gaviotas, en grandes grupos,
se reparten la arena, imitando quizá
a quienes ya se aprietan
sobre los andenes, camino
de la ciudad.
..........................Desde un bidón así,
como éste al que ahora me encaramo,
contemplé las gaviotas
el día en que cumplí los diecisiete.
No lo recuerdo por casualidad.
Era domingo y todos habían ido al baile
menos yo, que acunaba mi primer desengaño.
Las vi llegar
y mezclarse con los bañistas últimos.
Pensé que desde ese momento ellas
iban a convertirse
en un símbolo propio del amor.
Admiré su plumaje blanco y puro,
la soberbia quietud y elegancia del vuelo,
y encontré reflejadas sobre el gris de sus alas
las cenizas de un día calcinado.
También tuve, sentado en el bidón,
una esperanza súbita: los grises
eran más suaves que las puntas negras
de donde procedían. Luego escribí:
«Vuelo de las gaviotas:
negro, gris, blanco: puente hacia lo puro».
En eso pienso ahora mientras veo
cómo rebuscan con el pico
entre la arena y cubos de basura
restos que tragan con innoble prisa:
lonchas de mortadela en bocadillos
mal mordidos, filetes rebozados,
muslos asados en los puestos de la calle
que los niños esconden tras morder la crujiente
grasilla de la piel.
.....................................Qué pajarracos
carnívoros, rastreros y farsantes
fueron un día el símbolo más puro del amor.
Amor...
..................(alguien asoma tras las dunas,
medio desnudo, las insulta y lanza
latas a su intrusismo tan malsano
y obsceno) las gaviotas lo recuerdan
siempre
cuando cae la tarde.
Cuando cae la tarde
y los bañistas abandonan
el lugar tras un sábado de playa,
vestidos sólo a medias y la toalla al hombro,
las gaviotas, en grandes grupos,
se reparten la arena, imitando quizá
a quienes ya se aprietan
sobre los andenes, camino
de la ciudad.
..........................Desde un bidón así,
como éste al que ahora me encaramo,
contemplé las gaviotas
el día en que cumplí los diecisiete.
No lo recuerdo por casualidad.
Era domingo y todos habían ido al baile
menos yo, que acunaba mi primer desengaño.
Las vi llegar
y mezclarse con los bañistas últimos.
Pensé que desde ese momento ellas
iban a convertirse
en un símbolo propio del amor.
Admiré su plumaje blanco y puro,
la soberbia quietud y elegancia del vuelo,
y encontré reflejadas sobre el gris de sus alas
las cenizas de un día calcinado.
También tuve, sentado en el bidón,
una esperanza súbita: los grises
eran más suaves que las puntas negras
de donde procedían. Luego escribí:
«Vuelo de las gaviotas:
negro, gris, blanco: puente hacia lo puro».
En eso pienso ahora mientras veo
cómo rebuscan con el pico
entre la arena y cubos de basura
restos que tragan con innoble prisa:
lonchas de mortadela en bocadillos
mal mordidos, filetes rebozados,
muslos asados en los puestos de la calle
que los niños esconden tras morder la crujiente
grasilla de la piel.
.....................................Qué pajarracos
carnívoros, rastreros y farsantes
fueron un día el símbolo más puro del amor.
Amor...
..................(alguien asoma tras las dunas,
medio desnudo, las insulta y lanza
latas a su intrusismo tan malsano
y obsceno) las gaviotas lo recuerdan
siempre
cuando cae la tarde.
Madrigales de la lactancia
1.
La luz del mediodía
tras las cortinas, en el cuarto, tenue,
es en tus ojos leves
sombra, y la sombra de los cuerpos, vida.
Aunque tú no sepas que la vida es vida,
en tu mirada breve,
que al mirar estremece,
cobra sentido el día.
2.
¿Cuántas horas y cuántos años, siglos
milenios, qué universo
y qué mundo o galaxia,
cuántas lluvias, sequías, sol o cierzo,
cuántas bonanzas, temporales, noches,
qué ríos, qué desiertos,
cuántas luces y días
han hecho falta para traer tu gesto?
3.
He visto esta quietud
en blancos angelotes de alabastro,
extraña e inquietante,
y en los escudos blancos
de antiguas monarquías.
Esta quietud de barco
que navega a lo lejos.
Este sueño de jade, este letargo.
4.
Costumbre de las horas sin costumbre,
lívidas horas, horas
blancas, súbitas horas
cuando la noche pierde voz y lumbre.
Cuando la noche espesa su acedumbre,
y de súbito lloras
y nunca cuando lloras
logra hacerse costumbre la costumbre.
5.
Ya sea el resplandor
secreto del papel fosforescente,
o el caer de una tarde de invierno,
lánguida prematura, entre la gente;
ya sea la blancura
de un muro reluciente,
tus ojos analíticos, curiosos,
sólo la luz comprenden.
6.
No lo sabes aún y ya lo sabes:
castillos, rosas, aves,
los saltos de una rana por el suelo,
la blancura del cielo,
lejana águila que va de vuelo.
En tus ojos no hay velo,
torres, jazmines, pájaros y aves:
las cosas que ya sabes.
7.
Al principio mi voz es mi presencia,
y un día es también, entre las luces,
la mancha que se mueve
y tus ojos persiguen.
El día que me siguen
por la estancia de nieve
lo anoto en esta página mientras luces
ojos, manos, sonrisa y transparencia.
1.
La luz del mediodía
tras las cortinas, en el cuarto, tenue,
es en tus ojos leves
sombra, y la sombra de los cuerpos, vida.
Aunque tú no sepas que la vida es vida,
en tu mirada breve,
que al mirar estremece,
cobra sentido el día.
2.
¿Cuántas horas y cuántos años, siglos
milenios, qué universo
y qué mundo o galaxia,
cuántas lluvias, sequías, sol o cierzo,
cuántas bonanzas, temporales, noches,
qué ríos, qué desiertos,
cuántas luces y días
han hecho falta para traer tu gesto?
3.
He visto esta quietud
en blancos angelotes de alabastro,
extraña e inquietante,
y en los escudos blancos
de antiguas monarquías.
Esta quietud de barco
que navega a lo lejos.
Este sueño de jade, este letargo.
4.
Costumbre de las horas sin costumbre,
lívidas horas, horas
blancas, súbitas horas
cuando la noche pierde voz y lumbre.
Cuando la noche espesa su acedumbre,
y de súbito lloras
y nunca cuando lloras
logra hacerse costumbre la costumbre.
5.
Ya sea el resplandor
secreto del papel fosforescente,
o el caer de una tarde de invierno,
lánguida prematura, entre la gente;
ya sea la blancura
de un muro reluciente,
tus ojos analíticos, curiosos,
sólo la luz comprenden.
6.
No lo sabes aún y ya lo sabes:
castillos, rosas, aves,
los saltos de una rana por el suelo,
la blancura del cielo,
lejana águila que va de vuelo.
En tus ojos no hay velo,
torres, jazmines, pájaros y aves:
las cosas que ya sabes.
7.
Al principio mi voz es mi presencia,
y un día es también, entre las luces,
la mancha que se mueve
y tus ojos persiguen.
El día que me siguen
por la estancia de nieve
lo anoto en esta página mientras luces
ojos, manos, sonrisa y transparencia.
Pieza ligera
Una estación sin nadie en los andenes,
Un banco en la avenida y nadie cerca,
Un almacén abandonado,
El tope de una vía muerta,
Un autobús vacío,
Un jardín solitario,
Un tren sin luces,
La madrugada,
Un hueco.
Yo.
Una estación sin nadie en los andenes,
Un banco en la avenida y nadie cerca,
Un almacén abandonado,
El tope de una vía muerta,
Un autobús vacío,
Un jardín solitario,
Un tren sin luces,
La madrugada,
Un hueco.
Yo.
Poética
Y lo hacen en el coche frente al mar
Discreto de los sábados, y luego
Despeinadas y feas, algo hinchados
Los labios, con arrugas en la falda,
Aparecen por el café. No exigen
Al fumar ni palabras ni caricias.
Las imágenes de televisión
Invaden por completo su mirada.
En su dulce abandono del deseo
Prenden los símbolos más solitarios.
Y lo hacen en el coche frente al mar
Discreto de los sábados, y luego
Despeinadas y feas, algo hinchados
Los labios, con arrugas en la falda,
Aparecen por el café. No exigen
Al fumar ni palabras ni caricias.
Las imágenes de televisión
Invaden por completo su mirada.
En su dulce abandono del deseo
Prenden los símbolos más solitarios.
La serrería de Berg
Reseco por los años, como piel
de un ofidio gigante, el viejo hangar
junto al castillo comparte el silencio
de las ruinas. Entonces, los maderos
se apilaban en grandes torres blancas,
y el silbido hiriente de las sierras
rebotaba en las laderas del valle.
Una nube de limaduras
y serrín se elevaba cada día
y brillaba al anochecer
sobre los muros, las ventanas
y las terrazas del castillo.
Al zumbido se unían las canciones
de los obreros, que tras el almuerzo
se tumbaban a la sombra apretada
de aquellas piedras medievales. Hoy
la maleza reúne aserradero
y fortaleza. La chiquillería
ha reventado tapias y saltado
almenas. Sólo algún lector de Rilke
continúa mirando con rencor
el silencioso hangar. Un gesto inútil:
También ha muerto el tiempo de la muerte.
Reseco por los años, como piel
de un ofidio gigante, el viejo hangar
junto al castillo comparte el silencio
de las ruinas. Entonces, los maderos
se apilaban en grandes torres blancas,
y el silbido hiriente de las sierras
rebotaba en las laderas del valle.
Una nube de limaduras
y serrín se elevaba cada día
y brillaba al anochecer
sobre los muros, las ventanas
y las terrazas del castillo.
Al zumbido se unían las canciones
de los obreros, que tras el almuerzo
se tumbaban a la sombra apretada
de aquellas piedras medievales. Hoy
la maleza reúne aserradero
y fortaleza. La chiquillería
ha reventado tapias y saltado
almenas. Sólo algún lector de Rilke
continúa mirando con rencor
el silencioso hangar. Un gesto inútil:
También ha muerto el tiempo de la muerte.
La casa
Verán libros amontonados y sin orden.
Muy leídas, las novelas de Joaquín Belda
asustarán a alguno. No hallarán diario
ni sublimes escritos con intimidades.
No hay cuadros en el cuarto. No hay otra ilusión
más allá de un bolígrafo que aún escriba,
un sobre, un sello... Y cuando busquen cartas
verán sólo viejos recortes de periódico.
Los cuadernos que me regalaronen Málaga.
Pésimas fotografías de familia. Once
versos causales de un soneto inexistente.
Y un racimo de razones para el olvido.
Cuando abandone la casa el último día
poca vida más encontrarán en ella.
Verán libros amontonados y sin orden.
Muy leídas, las novelas de Joaquín Belda
asustarán a alguno. No hallarán diario
ni sublimes escritos con intimidades.
No hay cuadros en el cuarto. No hay otra ilusión
más allá de un bolígrafo que aún escriba,
un sobre, un sello... Y cuando busquen cartas
verán sólo viejos recortes de periódico.
Los cuadernos que me regalaronen Málaga.
Pésimas fotografías de familia. Once
versos causales de un soneto inexistente.
Y un racimo de razones para el olvido.
Cuando abandone la casa el último día
poca vida más encontrarán en ella.
La angustia
Viene de la ciudad alta en la noche
con paso torpe por el empedrado.
Las cúpulas doradas son ya sombras
lacradas en el cielo. No le turban
las luces pasajeras del tranvía
ni la puerta oblicua del café.
Pasa junto a mujeres que caminan
despacio y evitan las farolas, a hombres
que susurran lo amado, y prohibido.
Se adensa con la bruma del invierno,
no se arredra en las calles solitarias,
las miradas opacas no le asustan.
Ella atiende sólo a su grito sordo,
el mismo que atormenta mis sentidos
Viene de la ciudad alta en la noche
con paso torpe por el empedrado.
Las cúpulas doradas son ya sombras
lacradas en el cielo. No le turban
las luces pasajeras del tranvía
ni la puerta oblicua del café.
Pasa junto a mujeres que caminan
despacio y evitan las farolas, a hombres
que susurran lo amado, y prohibido.
Se adensa con la bruma del invierno,
no se arredra en las calles solitarias,
las miradas opacas no le asustan.
Ella atiende sólo a su grito sordo,
el mismo que atormenta mis sentidos
Fin de siglo
Ante la casa llega un sol de tarde
con oros viejos, lenta, sin enigmas.
Poco a poco se adensan la verdura
pobre de los olivos y el añil
austero de las aguas en el Golfo.
Descubro tras el muro alto un mensaje
de los siglos. El tosco latín que hablan
estas piedras monásticas exige
los mayores cuidados. También mi alma.
Con fatiga transcurrirán las horas
hasta cegar con sus postigos de aire
los ventanales de la casa. El fuego
entonces y las páginas de López
Velarde acallarán mi corazón.
Ante la casa llega un sol de tarde
con oros viejos, lenta, sin enigmas.
Poco a poco se adensan la verdura
pobre de los olivos y el añil
austero de las aguas en el Golfo.
Descubro tras el muro alto un mensaje
de los siglos. El tosco latín que hablan
estas piedras monásticas exige
los mayores cuidados. También mi alma.
Con fatiga transcurrirán las horas
hasta cegar con sus postigos de aire
los ventanales de la casa. El fuego
entonces y las páginas de López
Velarde acallarán mi corazón.
Apunte para un canto a Lisboa
El recuerdo propio se desvanece,
cada día más aislado y lejano
y de otro, se olvida como si un ángel
caído nos tomara por el hombro
en la tarde añilada: Sebastião sou.
Como si al anochecer nos amparara
con su desasosiego ilimitado
el enjuto y genial traductor de almas.
En una desvencijada pensión
se remansa mi vida como el agua
torpe del río que todo lo ha visto.
Fuera circulan tranvías, personas,
miro sus ojos durante un instante
y con su memoria trazo los versos.
El recuerdo propio se desvanece,
cada día más aislado y lejano
y de otro, se olvida como si un ángel
caído nos tomara por el hombro
en la tarde añilada: Sebastião sou.
Como si al anochecer nos amparara
con su desasosiego ilimitado
el enjuto y genial traductor de almas.
En una desvencijada pensión
se remansa mi vida como el agua
torpe del río que todo lo ha visto.
Fuera circulan tranvías, personas,
miro sus ojos durante un instante
y con su memoria trazo los versos.
Imagen de Ardhanari
Se pintaba los labios entonces con sangre
de la herida, adornaba sus ojos
con el brillo de alimaña asustada
y en la calle
recorría las aceras como un velero
por una mañana desabrida.
Se atusaba el flequillo frente a un espejo
en ciertas cafeterías con alboroto
y ases de corazón
descalabrados e impacientes.
Una tarde se vino a mi mesa,
atractiva y cansado, solitario y perversa,
qué más puedo decir,
ni sus carantoñas ni mi apurada
conversación acertaron
el lenguaje tierno con que se escribela compañía.
Se pintaba los labios entonces con sangre
de la herida, adornaba sus ojos
con el brillo de alimaña asustada
y en la calle
recorría las aceras como un velero
por una mañana desabrida.
Se atusaba el flequillo frente a un espejo
en ciertas cafeterías con alboroto
y ases de corazón
descalabrados e impacientes.
Una tarde se vino a mi mesa,
atractiva y cansado, solitario y perversa,
qué más puedo decir,
ni sus carantoñas ni mi apurada
conversación acertaron
el lenguaje tierno con que se escribela compañía.
El secreto
Has entrado en la noche
por el costado de la soledad.
A ella le cuentas que sales con ellos,
a ellos que con ella.
Encaminas el viejo cuatrolatas
hasta cierto lugar deshabitado de la ciudad.
Has hecho entrar un cuerpo,
habéis encendido un pitillo mientras
buscas un encierro entre las sombras.
Silencias su voz cuando quiere hablarte,
con un gesto decides
modelo de pasión.
Has entrado en un cuerpo
por el costado de la soledad.
Te has sentido bien durante un instante
pero lo callas,
aunque no consigues reprimir
una caricia en el vidrio empañado.
Tras cerrar la portezuela te deja
una estela de perfume innoble
que aspiras con deleite:lo quieres como símbolo
para cuando abrase la claridad
de la mañana.
Has entrado en la noche
por el costado de la soledad.
A ella le cuentas que sales con ellos,
a ellos que con ella.
Encaminas el viejo cuatrolatas
hasta cierto lugar deshabitado de la ciudad.
Has hecho entrar un cuerpo,
habéis encendido un pitillo mientras
buscas un encierro entre las sombras.
Silencias su voz cuando quiere hablarte,
con un gesto decides
modelo de pasión.
Has entrado en un cuerpo
por el costado de la soledad.
Te has sentido bien durante un instante
pero lo callas,
aunque no consigues reprimir
una caricia en el vidrio empañado.
Tras cerrar la portezuela te deja
una estela de perfume innoble
que aspiras con deleite:lo quieres como símbolo
para cuando abrase la claridad
de la mañana.
La primavera
Desde lo lento, y más aún,
y más adentro, vino, qué estúpida
ante ese muchacho fotogénico,
un poco forzada su belleza, bello.
Algo irreal tintineaba por dentro,
no es motivo de alarma, cariño, la dulce
tez y los sabrosos ojos.
No me siento más necesitada que tú,
como tú, y cuando te tengo
en el centro del cuerpo
se evapora, oh muchacho encantado,
y si no lo impido, te evaporas tú,
y no me sienta este tono en el vestido
decentemente con esa luz.
Desde lo lento, y más aún,
y más adentro, vino, qué estúpida
ante ese muchacho fotogénico,
un poco forzada su belleza, bello.
Algo irreal tintineaba por dentro,
no es motivo de alarma, cariño, la dulce
tez y los sabrosos ojos.
No me siento más necesitada que tú,
como tú, y cuando te tengo
en el centro del cuerpo
se evapora, oh muchacho encantado,
y si no lo impido, te evaporas tú,
y no me sienta este tono en el vestido
decentemente con esa luz.
Canción triste de cabaret
Le tuve tan cerca,
sólo tengo una noche para ti,
me dijo, y te la entrego
entera. Tan cerca, el aire
plateaba color de mar.
Nos besamos sobre la ciudad encendida.
Entonces lo dijo, con una voz
a medias melaza a medias
salitre. Más salitre ahora
que me repite en el ápice
del recuerdo. Cada noche
acudía al regazo de mi sueño
y ese día, nos besamos,tan cerca.
Pero tuvo que decirlo,
tuvo que abrir los labios
que habían sido míos eternamente
y decirlo con estas palabras,
sólo tengo una noche para ti.
Algo reventó en mis entrañas,
sé que sangraba, que acabó
la noche y sangraba.
Le tuve tan cerca,
sólo tengo una noche para ti,
me dijo, y te la entrego
entera. Tan cerca, el aire
plateaba color de mar.
Nos besamos sobre la ciudad encendida.
Entonces lo dijo, con una voz
a medias melaza a medias
salitre. Más salitre ahora
que me repite en el ápice
del recuerdo. Cada noche
acudía al regazo de mi sueño
y ese día, nos besamos,tan cerca.
Pero tuvo que decirlo,
tuvo que abrir los labios
que habían sido míos eternamente
y decirlo con estas palabras,
sólo tengo una noche para ti.
Algo reventó en mis entrañas,
sé que sangraba, que acabó
la noche y sangraba.
Apócrifo
dónde las horas en que ataba
el cordel seco de sus labios
los restregaba
y escupía después el placer del hombre
dónde esos cines más oscuros
y míseros con butacas que chirriaban
como jadeos y bultos
cambiaban continuamente de asiento
dónde en qué lugar del mundo
cabe esa imagen
quién pudo imaginarla
el día de su primera comunión por ejemplo
o del primer abrazo
allá y enamorado
cuándo en qué momento
se decidió crear
junto a la belleza el tiempo
y con él cartón para los cuerpos
cines oscuros como el que digo
y míseros y mujeres y hombres
que supuran en el centro de sus almas
dónde las horas en que ataba
el cordel seco de sus labios
los restregaba
y escupía después el placer del hombre
dónde esos cines más oscuros
y míseros con butacas que chirriaban
como jadeos y bultos
cambiaban continuamente de asiento
dónde en qué lugar del mundo
cabe esa imagen
quién pudo imaginarla
el día de su primera comunión por ejemplo
o del primer abrazo
allá y enamorado
cuándo en qué momento
se decidió crear
junto a la belleza el tiempo
y con él cartón para los cuerpos
cines oscuros como el que digo
y míseros y mujeres y hombres
que supuran en el centro de sus almas
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