GARZAS

Las garzas buscan días claros
para volar en los prismáticos
que las observan. Sobrevuelan
a baja altura el bosque
y planean por las orillas,
junto a los juncos, paspartú entre marco
y dibujo. Sumergen la mitad
de sus zancas y el pico entero
en las aguas, avanzan
despacio, trazan círculos
perfectos en la superficie
y provocan un leve chapoteo
que solo escuchan los silencios
del río cuando el cauce
confunde lo que fluye
con lo que permanece.
Y entre tanta quietud,
estampan por el aire ameno
la ronca destemplanza
de su graznido. Nada se comprende
entonces. Así actúa
la realidad.

*** 

RECUERDO EL día en el que empezaron a licuarse las cosas. Aunque no había llovido durante las semanas anteriores, las aceras permanecían encharcadas y no era raro al caminar tener que ir dando saltos para sortear pequeños cauces. Los vecinos hablaban del deshielo. Un deshielo fuera de temporada. La fuente se transformó en una balsa cuyos márgenes se llenaron de gorriones. Hasta ahí parecía coherente. Más extraña resultaba la necesidad de esquivar la plaza infantil convertida en un estanque. Sin embargo, los transeúntes la rodeaban mirando el suelo. Qué época insólita. Ya solo me acuerdo de lo que no ocurre. 

***

HÖLDERLIN 

Que haya un puente
de piedra. Que la corriente
lo abrace por la cintura,
cariñosa, y después sin decir nada
se vaya y yo
me quede. Y por su arena
transiten carruajes.
Que entren
con fardos voluminosos.
Que salgan
con los sacos en el adral
y el paso muy ligero.

Y me tiemble la mano
con la que escribo cartas.

Que el sendero
se adentre por la umbría,
y la arboleda
lo oculte de inmediato
y parezca tiniebla
en lugar de aquel bosque.
Que la ventana donde lo contemplo
dé a un afuera y no dé a un adentro.